- Me duele el alma mi Chile herido. Me duele. He vertido demasiadas lágrimas en este trance, porque se
me cansa la vista de ver tanta desgracia. - Me pongo junto a los desvalidos de siempre, que han visto sus sueños aplastados en minutos angustiosos de capricho de la naturaleza. Me pongo al lado de aquellos niños huérfanos que acaban de comprender la magnitud del horror.
Vivo en carne propia al Dichato de mi infancia, embellecido por un mar que hoy se lo lleva. Me angustia el campesino silencioso que en medio del paisaje, en una noche de luna naciente, siente el estruendo de los adobes que le dieron cobijo, esparcidos por los campos. Se me cansa el alma pensando en León Ortiz, autor del Himno de Chillán, y su hija, que se fueron de la mano, en el inicio del descanso jubilado. Seguro que se encontró en el viaje eterno con la hermana del pescador Facundo Andrade, que vino desde Iquique, a conocer las tranquilas aguas de la herradura amarilla. ¿Y cuántos más se quedaron bajo los restos de las casas veraniegas?.
Don Arturo Prat, su casa de Ninhue, se quedó en las páginas de la Historia solamente. Y usted, Don Bernardo, de nuevo perdió su cabeza en la Plaza chillaneja, ante el embate rabioso de la tierra en movimiento.
Y tantas cosas más que me duelen. Nos duelen. Tantas lágrimas derramadas y tantos sollozos angustiosos. Pero, a la vez, tantos gestos de nobleza en la hora de las pruebas. Nuestro amigo de la Municipalidad, Roberto Monti, que se quedó en la carretera cuando iba a comprobar la situación en su Quinchamalí amado, para prestarle ayuda.
Y de Claudio Aguilera, oficial de Bomberos de Dichato, que perdió su casa, su ropa, el recinto bomberil…,a pesar de lo cual se entregó sin descanso a ayudar a los desesperados . Gestos alcaldicios entregando ayuda de urgencia, escuchando las voces pobladoras, lastimeras; organizando transporte a veraneantes chillanejos que en la playa dichatina vivían la angustia de no saber nada de nadie. Gestos de muchachos ayudando a recuperar techos, a levantar carpas, a encontrar desaparecidos.
Solidaridad entre vecinos, cuidando lo poco que les queda de la vileza de los saqueadores. Compartiendo alimentos ante la carencia de todo.
Y además de ello, estrechándose las manos para ayudarse mutuamente a caminar de nuevo. A levantarse de nuevo. Porque los grandes hombres se miden por las veces que son capaces de levantarse.
Los chillanejos tenemos la piel curtida de tantos caprichos de la naturaleza. Tenemos las sienes plateadas por las lunas que nos han visto sufrir y los soles que nos han visto levantarnos. Somos un pueblo aguerrido, que hemos aprendido a borrar de un palmetazo las lágrimas del dolor y a abrir los ojos de la esperanza.
Somos gente orgullosa de lo nuestro. Tenemos el pecho henchido por nuestra historia plagada de páginas certeras, escritas con sangre de héroes. En definitiva, somos gente difícil de doblegar. No bajaremos los brazos ante la suerte caprichosa de los elementos. Levantaremos la cabeza, nos apoyaremos en las manos de la solidaridad, y reanudaremos la marcha hacia el futuro, ¡palabra de chillanejo!..
Miguel Angel San Martín
Periodista
La Discusión . Chillán, Chile.